Presentación

FNAC Zaragoza, 3 de abril de 2019

TURBIO.
“1. Mezclado o alterado por algo que oscurece o quita la claridad natural o transparencia.”
“2. Dicho de tiempos o circunstancias: Revueltos, dudosos, azarosos.”

Corren tiempos turbios, Quijano, diría un Sancho trasladado por una mano fantástica a nuestro presente. El fiel escudero sostendría su estupor, quizá su sonrojo, sobre la segunda acepción del término, Sancho mundano, Sancho lúcido. Siempre Sancho. Las historias de este libro, por el contrario, rotan alrededor o beben de la primera de las acepciones que nos ofrece el diccionario: aquella que se acerca respetuosamente al misterio y la irrealidad; quizá, y por seguir con el juego de homenajes, con ese amable punto de quimera que esponjaba el entendimiento del hidalgo que cabalgaba a Rocinante.


Y es que el autor, o sea, quien les habla, sostiene que toda ciudad, por transparente que sea, contiene en sí misma, en sus rincones y gentes, en sus calles y casas, en sus solares y accidentes, una potencialidad cercana a la opaco, a lo revuelto y anómalo; solo hay que saber encontrarla o, llegado el caso —prebendas de quien juega con las palabras— inventarla o aderezarla con el máximo respeto. Hablamos de una tensión escondida que solo vibra en resonancia con aquella otra tensión incluida en el impulso creativo, en el interés de quien pasea con espíritu observador y curioso.
Y hablo de paseo, porque gran parte de las historias contenidas en esta antología, surgieron del particular estado mental que a uno lo posee mientras camina —ya sea a solas o en compañía—, sin más necesidad u objetivo que la de caminar y callejear.


Curiosa costumbre la del paseo; hoy en día quizá un acto de rebeldía.
Cuando todo se monetiza, cuando todos los actos y gestos, incluso los relacionados con el simple ocio, deben llevar en sí el germen y la intencionalidad del beneficio, de la especulación y del lucro…; pasear, por el mero hecho de hacerlo, se convierte en un estar y ser a contracorriente, en un acto cargado de desafío que define una individualidad disconforme, individualidad de inadaptado, casi de sedicioso.


Caminar es una toma de conciencia de quien es uno, y al mismo tiempo del entorno que lo rodea, que, al fin y al cabo, es el entorno que lo moldea y sostiene, que lo cuida o atemoriza, que lo alimenta con lo material y lo inmaterial.


Sostengo que, con el paso del tiempo, adquirimos una ceguera para con lo inmediato; es la curiosidad que de niños nos alienta a descubrir y explorar el territorio, hurgar en los rincones que conforman nuestro espacio vital próximo… curiosidad que cambia conforme pasa el tiempo y se lanza…, se desprende de lo cercano y traza su camino hacia nuevas lejanías más fascinantes, menos pedestres y trilladas. Es esta una tensión inapelable, humana como la codicia o la risa.


Pero, en algún momento de ese viaje, algunos nos damos cuenta de que las verdades y las mentiras, las preguntas y las respuestas, los silencios, las contradicciones y decepciones que uno halla fuera, también, a su manera, están contenidas dentro, en la proximidad…, nunca mejor dicho: se encuentran en la calle de al lado, en el vecindario, en el transeúnte. Quizá, porque mirar lo cercano, con atención, es mirarse a uno mismo.


Pasear por capricho, sin objetivo, con la simple precaución de hacerlo, nos ofrece una multitud de paisajes humanos, paisajes urbanos, singularidades y evocaciones.


Y a este elusivo término me remito, enfocando de nuevo el hilo del discurso hacia las narraciones contenidas en el libro.


Hay un instinto en mí que hace que casi todas, por no decir todas mis historias, deban contener un prurito apócrifo, o al menos imaginario. Como si la realidad, en sí misma, por sí sola, no fuera suficiente y yo hubiera de aderezarla con una pizca de extrañeza. No voy a entrar en apuntes psicológicos que expliquen dicha tendencia; baste decir que uno también tiene derecho a cierta inmadurez; a ser un inadaptado, en su vertientes, grados y variantes; esa es también una sana elección vital.


Evocaciones.


El paisaje inmediato se nos dibuja de repente tamizado por la fascinación del redescubrimiento, o el descubrimiento a secas…, y, al tiempo, se entinta con una sutil niebla de evocación mágica. Entonces surge, o bien haríamos en decir, interpretamos una ciudad paralela, algo desenfocada, sin la trasparencia natural de toda ciudad; un espacio, un ser orgánico y turbio, sin duda alguna. En la que todo es posible, y esa posibilidad no es una posibilidad contingente, sino necesaria, pues no hay mayor necesidad que aquella que surge del impulso creativo, aquella que arranca de la nada, de lo ordinario, rutinario, sensato y lúcido un sano punto de fantasía, insensatez, temeridad y disparate.


En esos paseos saltan por los aires el pensamiento abstracto y el raciocinio cartesiano; ganan la batalla el pensamiento lateral, el juego de asociaciones, el pensamiento metafórico que juega con signos y mitos, y que hace que la significación de un edificio, de una esquina, de una mirada, de una particularidad…, de una ráfaga de aire… vaya más allá de lo evidente y accesible.


Esos detalles y elementos adquieren una coherencia turbia, retorcida, y, a la postre, quizá mágica.


En esos paseos se abren grietas, grietas de extrañeza que supuran una especial sabia, látex impalpable con el tacto, que solo el espíritu…, los espíritus abiertos son capaces de aprehender, saborear y hacer suyo.


Este es un libro de grietas. No un libro de verdades.
Espero que sepan apreciarlo y disfrutarlo.