Cuando el Cierzo sopla (Fragmento)

El continuo de la ciudad a veces se disloca. Suceden hechos que caen lejos de nuestra capacidad de comprensión. Hay espacios que reclaman sobre sí una especial afinidad por las grietas; son geometrías en las que la leyenda urbana germina con extremada fuerza, puntos que agitan tanto nuestra imaginación como, aunque no seamos conscientes de ello, nuestro temor. Son calles por las que el peatón es reacio a caminar, el conductor pisa el acelerador, calles en las que los negocios se agostan al poco de haber germinado y el optimismo se torna ceniza. Son calles en las que abundan edificios decrépitos, teñidos de una pátina de vejez, ya se hayan levantado hace cincuenta o diez años —fachadas color tierra sucia, ventanas cegadas, aceras cariadas y rostros que se esconden sumergidos en la soledad—, el tumor de la tristeza los abraza sin piedad. Cuando entramos en una calle así, nos abandona cualquier asomo de alegría, una pesadumbre ácida se nos adhiere a la piel y a la emoción, sopesamos un peligro incierto al respirar y el cerebro de reptil nos saca de allí a la mayor brevedad…

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Luego están esas otras calles, las que, sin llegar a poseer el cariz cargado de exceso de las anteriores, también juguetean con la irrealidad. Son las que se sitúan en una confusa tierra de nadie. Adquieren su ambigüedad en instantes fugaces que van y vienen, como si la conjunción, solo de algunos factores, pusiera en marcha un mecanismo oculto en sus tripas metafóricas…

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