¿Quién llora a las putas cuando mueren? (Fragmento)

¿Quién llora a las putas cuando mueren? ¿Otras putas? ¿Putas tristes? ¿Putas avejentadas que huelen su propia decadencia? ¿La clientela? No lo sé. No logro distinguir a una puta de la que no lo es entre las mujeres de todas las edades que me acompañan en el velatorio. Alguna habrá, seguro. La Dina tetropi-lopez-alluenía amigas, algunas, entre sus antaño compañeras de burdel. Las justas, como a ella le gustaba decir. «Porque en esta profesión, amistades, las justas, cariño. Que las traiciones que más duelen son las que te apuñalan desde tu lado de la calle». Hay hombres, unos cuantos, hombres viejos, de una madurez mal llevada. Están nerviosos. Se miran entre sí con ojos de matadero que asoman pena y vergüenza; no se hablan, algo raro. En los velorios se hacen nuevas amistades o se redescubren viejas por necesidad, no se para de hablar. Hablar es vivir, y uno se agarra a la vida con domada desesperación en sitios así. Unos cuantos van afeitados, con la cara llena de cortes, como si eso de afeitarse no fuera con ellos, como si afeitarse fuera una homenaje póstumo, igual que las americanas holgadas, la gomina en las canas y los zapatos no muy lustrados; y sudan, sudamos mucho. En el tanatorio de Zaragoza siempre hace un calor insoportable, sea verano o invierno. Da igual. A los cuervos que manejan las bambalinas de este teatro sombrío, cuervos trajeados, dignos, siempre sigilosos, les debe gustar el calor. Eso o hay alguna turbia razón que se me escapa, razón desnaturalizada como todo lo que rodea al supermercado de últimos adioses que se desarrolla a mi alrededor…

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