El payaso en el tranvía

—Fíjate en la gente, en sus caras.

—No hay caras.

—Eso es. La suya es la única que no aparece distorsionada, bueno, borrada.

—¿Y es real? Esto puede haberlo hecho cualquiera con un ordenador…; parece un plagio de una de esas películas de terror.

—Yo me fío, lo hago no solo porque quien me la ha hecho llegar es un buen tipo, un tío legal que malditas las ganas que tiene de tratar de engañar al personal, sino porque detrás de esto hay más. No es la primera vez. No es una mera anécdota.

—¿No jodas?

—No. No jodo, José María. Lleva sucediendo desde hace mucho tiempo, años, décadas quizá.

El payaso, una payaso de lo más tópico, nos observa con su cara triste y manchada desde la instantánea impresa. Está sentado, con los brazos caídos sobre las piernas. La noche muerde la ciudad a su espalda, tras el amplio cristal del vagón. La luz del tranvía se desvanece a su alrededor, como si algo en él la consumiera o rechazara, formando un aura oscura a su alrededor. Ninguno de los otros pasajeros parece haber reparado en él, o sí lo han hecho y evaden su mirada cargada de desasosiego. Nadie se sienta a su lado. Es como una foto de un periódico viejo, entre irreal y veraz. Uno la ve y no sabe a qué carta quedarse. Es una foto icónica de la desolación, de esas que cualquier artista firmaría, una imagen que, aunque imperfecta, en cierto modo solidifica un instante cargado de significación, un lapso de tiempo y una evocación que no se pueden olvidar. Su rostro es un rostro sin expresión, un rostro exagerado, un rostro sobrecargado: como el de cualquier payaso. Y quizá ahí reside una parte del malestar que mastica la boca de mi estómago; en que, a pesar de la deformidad; de que ojos, boca, nariz, labios, pelo, arrugas…, estén tan dramatizados por el maquillaje, la peluca y el color; a pesar de todo eso, el conjunto, chillón y absurdo, no transmite la menor sensación de humanidad. Ni siquiera de una humanidad desquiciada o absurda, humanidad de un payaso de circo que se ha perdido en medio de la ciudad.

Nada.

Solo un abrumador vacío.

—Es inquietante —susurro.

Mi amigo asiente. Está escribiendo algo en una servilleta de papel de la cafetería. Mientras lo hace, no dejo de mirar la fotografía que alguien, un desconocido asustado, ha tomado esa madrugada en el tranvía.

—Toma —me saca de mi ensoñación—. Si te interesa, llámale. Él sabe más que yo. Hace ya unos años que no hablamos. Así que casi mejor que me cites lo menos posible.

Payaso
Fondo imagen pertenece a la colección privada de Mariano Rodriguez

No pregunto. Este amigo es una persona con un carácter especial. Uno de esos amigos con los que no sabes si alegrarte o esconderte cuando ves una llamada perdida suya o su número de teléfono parpadeando en la pantalla de tu móvil. Sé que no le gusta hacerse pasar por un bocazas. Es serio en sus rarezas y manías, que son muchas. Y también sé que, si me ha contado esto, es porque no le parece una broma de mal gusto o una fábula sin fondo; lo ha hecho porque hay algo detrás y está seguro que me puede interesar averiguarlo. Así que cojo el papel, me lo meto al bolsillo y termino con mi caña. Está caliente. El revuelve su café, ya frío; lo veo incómodo tras terminar lo que había venido a hacer. Otra de sus virtudes es que no le gusta malgastar su tiempo en lindezas sociales. Así que, en breve, el Cierzo nos barrerá de la Plaza Sas y cada uno se irá por su lado como si nada hubiera pasado. Hay amistades poco convencionales que funcionan así.

Es viejo, muy viejo. Es de esas personas a las que la vejez no ha perdonado. El tiempo se ha remetido en cada pliegue de cada arruga, un tiempo que no es ilusión, metáfora, sino un enemigo contumaz: un Hércules caprichoso que lo ha encogido, una mano que lo ha tomado como a una cuartilla desechada y lo estruja sin piedad. Tiene ojos de gato, aunque las cataratas los velan con un telón traslúcido que borra el destello de picardía que a veces entreveo en ellos. Muestra unas manos deformadas por la artritis, los dedos montados unos en otros, bultos óseos amenazan con rasgar su piel frágil, decolorada e invadida de manchas y queratosis. Sujeta su bastón como si fuera una parte más de sí mismo. Habla con la voz apagada de quien se ha acostumbrado a convivir con el dolor. La cadena de contactos me ha llevado hasta él. Estamos cara a cara en un cotroso bar de viejos del barrio de San José. El chino de la barra no para de mirarnos sonriente, una de esas sonrisas perennes que siempre da que pensar si no oculta algo. Tiene cara de luna llena, grandes mofletes, el pelo grasiento y las manos sucias de trajinar las frituras que cuajan el mostrador, amarillas de nicotina. Sale continuamente a fumar a la calle mientras su hija, una adolescente silenciosa, de modales corteses y pausados, atiende al personal: todos parroquianos enmohecidos, viejos como al que trato, el último eslabón en una larga cadena de contactos.

—Chan es un capullo. Pero el café es barato y la tortilla de verdad. No la compra en el Mercadona como otros chinos. Y Lin, la chica, es un encanto. Ando a ver si se la ligo a mi nieto. Una chica que hace esas tortillas no puede ser mal partido y además es guapa y muy lista.

—Con los chinos pasa como con los españoles —le contesto—, los hay buena gente y los hay unos capullos que no saben hacer las cosas como dios manda. Sobre todo la tortilla.

Me he dado cuenta que con Américo Laínez lo mejor es no andarse con melindres.

—No se quede conmigo, joven —me señala, la mano temblorosa. Me señala, pero sonríe. Tiene los dientes amarillos y desparejos; dientes pequeños que se ocultan en unos labios resquebrajados y secos. Luego tose. Ya lo ha hecho varias veces. Una tos que sale de una cueva profunda y llena de recovecos. Una tos que lo convulsiona, que parece el fin del mundo. Cuando la aplaca, a duras penas, sigue.

—Enfisema —se golpea el pecho. Suena a hueco, a hueco de verdad—. Enfisema, de los que vienen con fecha de caducidad. ¿Usted fuma?

—Fumaba —dudo entre sorprendido y azorado. Vacilo al responder —. A veces me doy un premio y me compro un Cohiba o un «caliqueño». Me es indiferente. Pero pocas veces.

—Yo le daba a la picadura, a los «Ideales». Uno tras otro, desde crío, sin parar. Encender, apagar, encender, apagar y volver a encender de nuevo. No eras hombre si no fumabas. Eso decían. Así te salía el pelo en las pelotas y la voz hombruna. A las zagalas les gustaban fumadores —abre mucho la boca—. Dicen que esto —de nuevo se golpea el pecho—, viene de ahí. Jódete. Pero mi padre ya la diñó podrido por dentro, los pulmones aguados, y él no tocó una mierda de cigarro en su vida. Yo creo que algunos ya llevamos la muerte, esta muerte, agarrada, tetando, creciendo dentro, ya al nacer, nos guste a no. Solo espera al mejor momento para salir, para liquidarnos.

No digo nada. A eso no se le puede oponer nada; cualquier palabra estaría de más, sería como un escupitajo a su dignidad. Él se da cuenta, se pasa una lengua tumefacta por los labios, me mira de arriba abajo, da un golpe con su bastón, el que sujeta con su otra mano.

—Viene por él.

Tardo en darme cuenta de a qué se refiere.

—Eso es.

—¿Ha vuelto? —hay vacilación en su pregunta. No me mira.

—Eso parece —saco la fotografía del bolsillo de la americana y se la pongo delante. Entrecierra los ojos, una, dos veces; maldice, un exabrupto que haría retemblar los cimientos del Vaticano, apoya el bastón en el borde de la mesa y saca unas enormes gafas de un bolsillo de su chaqueta. Se las pone al segundo intento. Coge la instantánea que tiembla como una hoja en un vendaval.

—Se parece —musita, asiente —. Se le da un aire.

—¿Usted lo vio, Américo?

Deja la foto. La deja caer como si el mero hecho de tocarla fuera a ensuciarle.

—Yo y unos cuantos más, sí.

—¿En el autobús? ¿En su autobús?

Cierra sus ojillos. Regurgita recuerdos que quizá ya había digerido y olvidado en parte.

—Y en el tranvía, cuando había tranvías; no como éste, como el de la foto. Incluso en uno de los trolebuses. Porque en Zaragoza, aunque ningún jodido hijo de mala madre se acuerda, hubo trolebuses. Unos carros elegantes, ingleses, de los de Londres, auténticos, coño. Ahí fue donde primero lo vieron, donde vieron al payaso.

Dice la palabra payaso con cierto apremio, como si solo su pronunciación pudiera convocar una tormenta repentina o algo peor.

—Parece que le tenga miedo.

—Respeto, lo que le tengo es respeto. No se confunda, pollo —golpea el suelo con el bastón de nuevo. A mi acompañante no le gusta mi insinuación—; a una cosa así es mejor no tenerle miedo.

—¿Una cosa así?

Lin, la hija del dueño pasa a nuestro lado. Parece flotar. Camina con la cabeza gacha, su largo pelo negro ordenado, limpio, brillante; camina como pidiendo perdón. Le lleva un pincho de tortilla y una cerveza a otro habitual que anda peleándose con el crucigrama del periódico en una esquina bajo el televisor.

—¿Todo bien, señor? —la chica tiene una voz dulce. Habla con Américo.

—Todo bien, cariño —le responde él—, como siempre, Lin.

Ella desliza una mirada fugaz en mi dirección. Cuando quiere, Lin sabe transmitir dureza: su rostro de porcelana se afila. Me doy cuenta de que el viejo está pálido y respira como si le faltara un poco el aire. La miro y asiento levemente. El reproche desaparece de sus labios, vuelve a sonreír y se va.

—Yo lo vi en el setenta y seis, en junio; la primera vez. Nunca se me olvidará —Américo habla con más calma, inclina la cabeza, niega—. Llevaba la línea que iba a Torrero, al lado de la cárcel. Era un trasto que tosía más que yo ahora…, y es difícil; sí, tosía cuando iba sin cargar y no se imagina de qué forma cuando iba cargado. Subía la cuesta a Torrero a duras penas y echaba fumaradas de gasoil mal quemado que envenenaban a cualquiera que se pusiese a tiro. Joder, qué cacharros —esboza una sonrisa fugaz—. Hacía calor. Esos calores prematuros en Zaragoza mataban, calor del de verdad, coño, un adelanto del que nos achicharra en julio. El autobús apestaba a sudores, a gente. Aunque fuera medio vacío. Llegando al final de línea escuché que el pasaje se me alborotaba. Mucho murmullo, algún grito. Me di la vuelta y allí estaba, sentado, tan tranquilo, casi al final, junto a la puerta de atrás, solo —señala la foto que flota sobre la mesa, al lado de su café y de mi cerveza—. Pero no así. Vestía de otra forma, como los payasos de entonces, a la antigua, más recargado, con purpurinas, lentejuelas, creo que de blanco, maquillado en blanco seguro, con un gorrito ridículo. Sí, diferente, pero la mirada era la misma, sin dudarlo. Una mirada que no se olvida, ¿sabe? —vuelve a pasarse la lengua por los labios.

—¿No lo había visto subir?

—No. Y por eso me cagué en sus muertos. Maldita la gracia que me hacía que algún caradura se me colara por detrás. Anda que no eran buenos los revisores con eso. Los puñeteros lo comunicaban a administración y jodían al chófer. Lo machacaban bien: sanción y bronca. Menudos hijoputas. Me levanté cagándome en todo. Un payaso, un puto payaso. Encima con retranca. Bromitas a mí las justas. Había tres o cuatro pasajeros aparte de él. Los tres me miraban con cara de bobos. A mí y a la parte de atrás. Porque, coño, mire usted, entre que me levantaba y no me levantaba, que aseguraba las puertas y el freno de mano, que cerraba el cajón del dinero, que miraba no hubiera ningún guardia que me abroncara por parar en medio de la calle, el payaso de las narices se había volatilizado. ¡Zas! Como si nunca hubiera estado ahí, dejando tras de si un olorcillo raro, como a chamuscado, me pareció…, aunque en ese momento pensé que era el olor de escape que se había metido por las ventanillas abiertas.

»En la siguiente parada los pasajeros salieron como alma que lleva el diablo, sin decir esta boca es mía, y yo me puse a darle al caletre como un desgraciado. Así una y otra vez, en todos los recorridos por la ciudad, sin llegar a nada, solo a un soberano dolor de cabeza…, una y otra vez hasta terminar el turno, hasta llegar al final de la línea y de mi jornada de trabajo, donde me esperaba un interventor con cara de sapo y la noticia de que mi hermano se había matado en la explosión de la factoría de llenado de bombonas de butano en la que trabajaba, en Utebo —el viejo traga saliva, se le humedecen los ojos, golpea la mesa con la punta de su dedo índice—; por eso le digo que esa fecha no se me olvida…, no, no se me olvidará jamás.

Hay revuelo en la cafetería. Alguien pide a gritos que suban el volumen del sonido del televisor. Lin sonríe nerviosa. Su padre se está echando un cigarro fuera, charlando con un cliente que también ha salido a fumar. Manosea el mando a distancia sin saber bien qué hacer. De nuevo la voz, una voz agria, exige que suban el volumen del televisor. Américo y yo miramos la pantalla. Una presentadora de facciones regulares, corte de pelo regular, mirada regular, manos regulares habla sin hablar, muy seria y compungida, con la imagen de un accidente de tráfico a su espalda. Se ve un caos de metal retorcido, cristales rotos, humo, guardias civiles y ambulancias.

—Sin duda es él —Américo respira como si todo el aire del mundo no fuera suficiente—. Sin duda. Mírelo.

Tengo miedo. El hombre ha empalidecido. Señala la pantalla. Su pecho sube y baja sin parar, silbante. Si ahora le diera uno de sus accesos de tos, probablemente terminaría en urgencias o algo peor. Se aferra al bastón y me mira con la intensidad melancólica de una mascota perdida. Chan, el dueño, ha entrado, ha tomado el mando, nunca mejor dicho, y tras una retahíla de exabruptos en mandarín que su hija recibe cabizbaja, hace lo que el parroquiano ha exigido. Pero ya es tarde. La presentadora desaparece, toda ella regular, y un tipo con cara de histrión, rodeado de media docena de hombres y mujeres, también con pinta de histriones, le sustituyen entre sonrisas empalagosas, gritos y una gesticulación exagerada. Sea lo que sea lo que haya pasado, no nos enteramos, solo que han interrumpido la emisión del programa de cotilleo en la emisora regional, para sacar un avance de un suceso grave, un accidente.

—¿Él? —respondo confundido.

—Él.

Chan vuelve a silenciar el televisor. Américo me mira derrotado. Sujeta el bastón con las dos manos, en horizontal, sobre sus rodillas.

—Nunca tuve la necesidad de contar nada de esto. La verdad es que aún no sé por qué acepté hablar con usted.

—Si se siente incómodo, podemos…

—No, no…, tranquilo. No le estoy mandando a freír espárragos. Nada de eso. Pensaba, solo pensaba —se pasa la mano por la mejilla, no va afeitado, la barba es rala, encanecida, dispersa. La piel se hunde en la mandíbula, enferma—. Solo me queda pensar, recordar y pensar. Eso y dejar pasar las horas aburrido; yo y el dolor; yo y las pastillas; yo y la bombona de oxígeno. Solo quería decir que me parece raro, muy raro, estar hablando de él ahora. Han pasado muchos años y lo había olvidado. Casi lo había olvidado.

—No quiero forzar nada, ni molestarle. ¿Si no se ve capaz?

—No se preocupe. Yo sigo. Hay cosas que una vez asoman, hay que sacarlas, si no se quedan atravesadas y es peor. Son como un trozo de carne en la garganta que no te deja respirar. Hay que escupirlo de la manera que sea.

Vuelve a mirar la foto. La roza levente con la punta de los dedos.

—Como puede usted suponer, la noticia hizo que me olvidara del payaso. Fue un mazazo. Marcial y yo siempre estuvimos muy unidos…—la voz gorgotea, vacila. Se lleva la mano a los ojos, pero sacude la cabeza y se yergue—. Perdone. A lo que iba. Fue unos años más tarde, en el setenta y nueve, sí eso es, el día once, jueves. También jodido olvidar la fecha, muy jodido, ¿sabe? Imposible. En ese día se volvió a colar en mi vida y en la de un compañero, un novato, un tal Laureano Escudero, un chico majo de Sabiñánigo, un montañés risueño. Pobre. Aquello le consumió sin piedad; dejó la empresa a la semana. No podía subirse al coche; no hubo manera de hacerlo subir. No podía soportar la posibilidad de que él, eso, volviera a aparecer. No después de lo que pasó, no después de saber que muchos compañeros, a lo largo de muchos años, también lo habían visto.

»La misma línea, de noche, al final del turno, antes de ir para cocheras. Iba yo solo. Solía ser el mejor momento del día. Sin tráfico, sin pasajeros apenas, solo algunos habituales, buena gente, de esa que aún saludaba al entrar cuando te pagaba el billete. Había sido un día malo. La ciudad andaba revuelta. Doña Carmen Polo, esposísima del finado generalísimo se alojaba en el Corona de Aragón, y al día siguiente pasaba algo en la Academia General Militar…, de locos, oiga.

Américo me mira. Sus ojillos aguanosos relucen, brillan lo poco que esos velos turbios permiten tal hecho. Un piloto rojo, imaginario, comienza a parpadear en mi sesera. Américo se sonríe. Le veo cómo pasa la lengua por el interior del carrillo. Disfruta del instante, de ese breve lapso en el que yo paso de la confusión, de la ignorancia, a un estado de alerta, de claridad germinal, de entendimiento y escalofrío.

—Las cosas se aclaran ¿verdad?

—No me joda, Américo —respondo olvidando mis buenos modales. Él suelta una carcajada, un sonido ronco sin alegría; aguanta un amago de tos y sigue. Sabe que me tiene atrapado. Él mismo está atrapado de nuevo en las redes del pasado, de un suceso fascinante y, al mismo tiempo, perturbador.

—Lo olí —vuelve a subrayar la afirmación con un golpe de bastón—. Olí al muy cabrón. Olor a quemado, apenas perceptible, sutil, pero ahí estaba. Olor a maquillaje, encima de ese otro olor, como el de la parienta cuando se iba a acostar y se untaba la cara con aquellas cremas, pero más áspero, sin tanto perfume, una mezcla que casi me hizo vomitar. Sí. Lo olí y lo sentí. Lo sentí como cuando uno sabe que alguien le mira en medio de la calle, como uno siente que hay una línea de alta tensión pasando por encima de su cabeza. Lo sentí y me cagué patas abajo. A punto estuve de frenar en seco y tener un accidente serio. Pero seguí, seguí, conduciendo, sudando, luchando contra el picor detrás de la oreja, de la curiosidad. Porque, ¿sabe, hijo? Una parte de mí quería detener el autobús, tomar aire y darme la vuelta en el asiento. Y otra acelerar, llegar a cocheras, abrir la puerta y salir como alma que lleva el diablo del coche, sin ver sus ojos vacíos, su tristeza.

»El tiempo se hace eterno, hijo. Las calles se alargan, se alargan lo indecible, los semáforos en rojo nunca pasan a verde y los coches que van por delante son tan, tan lentos… —vuelve a contener la tos, empalidece y luego la cara se le sube de color. Por fin respira, coge mucho aire, como si todo el del bar no fuera suficiente—. Y el olor seguía ahí, ¿comprende? Y la opresión en la nuca también, llamándome, insinuándoseme, cada segundo más intensos, más insoportables… Hasta que, de repente, tal y como vino, se fue, se esfumó, se esfumaron: el olor, la sensación de estar siendo observado con atención. Desaparecieron como si nunca hubieran estado ahí, a mi espalda.

—Entonces, no llegó a verlo —susurro confundido.

—No hace falta ver para saber, hijo. A veces la certeza es tan…, tan apabullante que no hace falta darse la vuelta —me susurra él también, impaciente.

Alguien grita. Es en la calle, es Chan, discute con un compatriota, se sonríen y gritan. Ni el viejo ni yo les hacemos caso.

—¿Y su compañero? ¿El otro?

—A eso iba, a eso iba. No sea impaciente —agita la mano en el aire como si apartara una mosca; esquiva un ataque de tos—. Las historias tienen su cuerda, su ritmo, como se dice ahora. Los viejos tenemos nuestro tiempo, divagamos porque no tenemos otra cosa que hacer salvo esperar a morir.

»Ya le he dicho que volvía a cocheras, en Miguel Servet. A punto de llegar, con el temor en el cuerpo hormigueando, atento a si volvía a sentir algo atrás, vi a Laureano. Había parado el autobús, el treinta y cuatro, a un lado, dos ruedas sobre la acera, las luces interiores encendidas, el motor en marcha, al ralentí, sin los warning, y con las puertas abiertas. Algo terminantemente prohibido. Él estaba sentado en el suelo, en una acera estrecha, apoyado contra una pared de una tapia, la cabeza entre las rodillas. Así que paré. La noche se nos tragaba. Apenas pasaban coches. Estábamos rodeados de descampados, escombros, de almacenes vacíos, de fábricas cerradas. Sí, la noche se nos tragaba, no hay mejor manera de decirlo, de expresar la inquietud que había aquella oscuridad, o quizá era el miedo que me había dejado el alma tocada, no sé, ha pasado tanto tiempo —sacude la cabeza, se calla. ¿Cuánto hay de presente? ¿Cuánto de pasado en esa inquietud? Me pregunto. Por fin, prosigue—. Me acerqué gritando si le pasaba algo, si se encontraba bien. Que no me respondiera, que siguiera con la cabeza gacha, las manos en la nuca, no era buena señal. Solo cuando casi llegué a su lado, reparó en mí y se irguió. Nunca he visto un rostro así, un rostro descompuesto y pálido como el suyo. ¿Ha visto alguna vez la cara de alguien muerto de miedo, de miedo de verdad?

Asiento. Lo he visto unas cuantas veces.

—Entonces sabe de lo que le hablo, claro que lo sabe. Laureano me miró y me preguntó algo que me sonó raro y que solo comprendí luego. Me preguntó «si aún estaba dentro». A lo cual le respondí «que quién, que su coche estaba vacío, que qué había pasado». Laureano era un mozo grande, muy grande, con manos como sacos de patatas y las espaldas de un estibador. No sabe lo raro que se hace ver temblar a un chicarrón así. «El payaso, el maldito payaso». Me preguntó. No tuvo que decir nada más.

Imagino dos miedos superpuestos, el uno amplificando al otro, devorándose el uno al otro, alimentándose de la angustia común. Cuando dos miedos convergen, el resultado va más allá de la mera suma de sus términos.

—Joder.

El viejo tose. Tose y asiente; tose y asiente una y otra vez. Empalidece y luego cobra color, sin solución de continuidad. Por un instante pienso que sus huesos frágiles se van a descoyuntar, que esos pulmones a medio pudrir van a explotar. Pero la crisis pasa ante la mirada preocupada de Lin, que se ha acercado, y la mía.

—Disculpe, disculpe…, tranquila, hija, tranquila. No es nada, no es nada. Solo que la bicha aprieta, y cuando aprieta es como tener tornillería oxidada dentro.

—¿Quiere que lo dejemos?

—Ahora no. Querer, sí quiero, quiero no tenerlo metido dentro —se golpea la sien con un dedo retorcido—, pero son cosas que no se dejan echar, cosas que te manchan de por vida.

—¿Está seguro?

—Le he dicho que sí, coño — el viejo se envara, saca su orgullo; se muere, sí, pero no quiere que la muerte lleve el control más de lo necesario. Algunos parroquianos nos miran—. Además, ya termina. Ya se acaba.

—Bien, de acuerdo…

Lin, en modo ángel de la guarda, ha traído un café con leche sin que él se lo pida. Él lo revuelve con parsimonia, sonríe y se lo agradece con un guiño.

—Es una gran chica. No como el zoquete de su padre…, pero a lo que íbamos. Ya le he dicho que llega el fin, el desenlace, ¿así se dice, no?

—Así.

—Esa vez sí miré. Dejé a Laureano y entré en el coche por la puerta de detrás. No las tenía todas conmigo, joder, pero entré. Supongo que ver al compañero así me hizo ser algo más atrevido de lo normal. No había nadie, por supuesto, nada ni nadie, ningún payaso silencioso que jodiera la marrana. Había un rescoldo mínimo, un leve olor a quemado, como el que se queda en la punta de los dedos cuando hemos sostenido un plástico que arde. Ese olor me puso los pelos de punta, era mínimo, sí, pero casi me hizo vomitar. Se me vino a la cabeza mi hermano, el payaso, mi propio payaso, el de años atrás…, y otra vez las arcadas. Alguien me tocó el hombro. Creo que grité. Era Laureano, el fantasma de Laureano, de tan blanco que estaba. Temblaba. Sí, como un flan, sí. No dijimos nada. Yo no le había contado a nadie lo sucedido, pero, de alguna forma, estoy seguro, él sabía que yo sabía… ¿Lo comprende? —Asiento—. Terminamos sentados uno al lado del otro en el autobús. Cerré las puertas y apagué el motor; por si pasaba alguien y nos veía; a esas horas muchos turnos ya terminaban. Estuvimos diez minutos así, sin decirnos esta boca es mía. Luego le conté lo que me había pasado, lo de años atrás y lo de esa misma noche. Él no dijo nada, nada de nada, solo miraba a través de las ventanillas, al infinito, a aquella oscuridad de la carretera, escuchándome. No sé si le sirvió de algo, no sé si el mal de todos es el consuelo de unos pocos, no sé si el saber que no había sido el único, si comprender que no habían sido imaginaciones suyas, fue mejor o peor. Pero yo sentí que debía contárselo, soltar lastre. Era por mí, no por él, ¿entiende? Al final me dio unas gracias tibias. Estaba más tranquilo, lo suficiente como para llevar el auto a las cocheras. Tranquilo pero inquieto, como yo. Eso me dijo. Nos dimos la mano. Lo pienso y sé que fue un gesto absurdo. Mantuvimos las manos así un buen rato, como si el uno no quisiera deshacerse del contacto, de la seguridad del otro.

»Al día siguiente yo libraba. Eso me ayudó a coger el volante y arrancar. Saber que no iba a tener que coger el coche en un par de días, que no iba a haber la menor oportunidad de un encuentro de ese tipo, me dio fuerzas para cerrar las puertas y sentarme al volante. Le aseguro, sí, se lo aseguro, que no me paré a mirar si llevaba algún pasajero, ni me lo planteé. Arranqué y seguí a Laureano. Condujimos lentos, dejamos los coches, saludamos a los compañeros y nos marchamos pitando. Al día siguiente era doce de julio. —el viejo cabecea, cabecea una y otra vez—, una fecha que no se olvida fácilmente—. Doce de julio de mil novecientos setenta y nueve.

Nos miramos. De nuevo él sabe que yo sé y se sonríe. Sí, en ocasiones da igual saber cuál es el final, parte esencial del final, de una buena historia. La historia sigue siendo excelente por sí sola.

—Termine, Américo, termine — susurro con confianza. Le doy el sorbo final a mi cerveza.

—No le había dicho nada a la parienta. Isabel sospechaba que había pasado algo por las pintas, la traza…, la cara con la que había llegado a casa por la noche. Pero yo no le había contado nada. Me había hecho el longuis echando balones fuera, que si un dolor de cabeza, que si el tráfico, que si un supervisor. Pero ella no había tragado. Bien me conocía la parienta, muy bien — los ojos se le humedecen, las manos no pueden evitar temblar—. Mejor que yo, a veces. Así que se había puesto de mala leche. Esa mala leche tan suya de «si no me dices nada, pues ahí te quedas, pero no me pidas ni me digas nada en un ratito». Se había despertado antes que yo, temprano, y no me había avisado, como lo hacía siempre que libraba, para desayunar juntos. La escuchaba trajinar en la cocina con la radio puesta. Pero Isabel y su cabreo eran lo de menos esa mañana. Porque al despertarme, a eso de la doce, sí, así más o menos, un persistente olor a quemado me abofeteó las narices. No le miento si le digo que a punto, a puntito estuve de cagarme encima. Abrí los ojos, me quité las legañas y ahí estaba el olor a quemado. El mismo tufo. Y le juro, de verdad, le juro que me tapé con la sábana. Me tapé la cara y me arremetí en la cama como un crío asustado, con el miedo bien metido en el cuerpo, con la certeza de que si me asomaba, sin sacaba la cabeza de ahí, el maldito payaso iba a estar sentado en la butaca del cuarto, mirándome sin mirar, esperándome. Y en esas entró Isabel, enfurruñada, pero sin enfurruñar del todo. Llevaba la radio en la mano. «Se ha quemado el Corona de Aragón, Américo. Zaragoza apesta con la tufarrina del humo. La ha palmado mucha, mucha gente, horrible. Venga levanta, haragán. Tienes el desayuno en la cocina».

Chan abronca a su hija. Es un chisporroteo violento. Frases que resuenan como latigazos; cuando uno no entiende el idioma, los exabruptos suenan más exabruptos, el enfado es más enfado. Uno de los clientes abronca a su vez a Chan, diciéndole a gritos que deje en paz a la criatura, que ella no ha tenido la culpa de lo que haya podido pasar. El tipo de la tele, el mismo que antes ha pedido a voces que subiera el volumen, vuelve a hacerlo. Vocea como un energúmeno. Miro de reojo la pantalla. Ha habido un accidente. Miro interesado. Hay un autobús tumbado en una cuneta. Hay mucha guardia civil, muchas ambulancias y enfermeros y médicos. Todos con caras de pocos amigos, las caras que hablan de muerte, de impotencia. Las mantas térmicas, trágicos remedos de un pan de oro sobredimensionado, puntean el asfalto, la tierra, cubren los cuerpos, ondean al viento como banderolas siniestras.

De fondo, la voz de Américo se apaga. Es un elemento secundario.

—…al poco llamó Laureano. A mí no me pasaba por la garganta la leche, la magdalena… ni nada de nada. Todo sabía a humo. Le había contado a Isabel lo que había pasado. Ella me miraba sin mirar, sofocada, se sofocaba tanta facilidad, sentada en una banqueta, en la cocina, con el parte de las noticias de la radio de fondo. Laureano llamaba desde cocheras, histérico, roto, llorando. Su primo, el primo con el que se había venido del pueblo a la capital, a buscarse los garbanzos, y que trabajaba en el servicio del hotel, era uno de los que ya estaban confirmados, uno de los muertos…

Miro la foto, miro la pantalla de plasma del televisor. El payaso me devuelve su mirada sin vida. Es la misma mirada de algunos de los supervivientes que, sentados en la cuneta, sobre la trasera de alguna ambulancia, observan sin comprender, miran sin atender a nada ni a nadie, desorientados, quebrados y mudos.

—…Laureano se marchó, renunció, se fue a los pocos días. Destrozado, incapaz de subir uno de los autobuses… Ya se lo dije. Nunca contamos nada a nadie en el trabajo. Pero, ¿sabe? A veces, cada pocos años, algún compañero contaba que había visto un payaso en el coche y…

Vuelvo a mirar la foto. Es real. La palpo. El payaso sigue sin decir nada. Atento al infinito, convocando la tragedia, pájaro de mal agüero, agorero funesto. Y a su lado, pero no cerca de él, los rostros sin facciones, desdibujados, borrados por una mano extraña, miran sin mirar, quizá al futuro.

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