El día de las libélulas (Fragmento)

Fueron las libélulas. Fue gracias a ellas como descubrimos lo que ocultaba el edificio. Aparecieron sin previo aviso, todas al mismo tiempo. Unos lo llamaron plaga, otros milagro, la gran mayoría no dijimos nada; anonadados, nos limitamos a contemplar su vuelo, la elegancia de sus formas y colores, aqEl día de las libélulasuella contraposición entre fragilidad y energía, el trazo entre errático y determinado de las trayectorias fugaces. Su mera presencia nos hizo sonreír, aunque de fondo hubiera un mínimo malestar, un germen de angustia que nadie se atrevía a expresar y que, poco a poco, conforme su número aumentaba, porque cada vez eran más y más, se iba enfocando, mutando hacia un retraimiento tamizado por el miedo. De docenas pasaron a cientos, de cientos a miles, en un visto y no visto, saturando de élitros, trazos semovientes y caos el aire de las calles, haciéndolo hervir, sobre todo algunas cercanas del Paseo de Teruel. Tanto fue así, que aquella hartura obligó a mucha gente a encerrarse en sus casas o en los coches, aterrorizados por el zumbido constante y turbio de su vuelo, alarmados por el sincopado golpeteo de sus cuerpos al estrellarse con ansia suicida contra cristales y fachadas…


El edificio germen de este cuento ha sido consumido por la piqueta no hace mucho. Quizá la magia se ha evadido a algún otro rincón de la ciudad. En su lugar se yergue ahora otro edificio sin el aura de misterio del anterior, cómodo, aséptico, neutro, sin alma.

 

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