La puerta del infierno

Pocos lo saben, pero en Zaragoza, sí en la mismísima ciudad que veinte siglos atrás fundara César Augusto, hay una entrada al infierno. No sé si el emperador era consciente de ello, allá por el año catorce antes de nuestra era, probablemente no. El romano dio estatus de “colonia inmune” a un viejo asentamiento sedetano al lado del Ebro, allí donde el río Huerva va a morir. Y nuestra boca al infierno fue descubierta no hace muchos años, de forma casual, por una solitaria e inoportuna excavadora entre lo que ahora llamamos Rosales del Canal y el Cuarto Cinturón, un secarral estéril y árido, muy, muy lejos de la fértil vega donde los endurecidos veteranos de la guerras cántabras se asentaron definitivamente junto a sus familias.

La puerta del infierno

Si uno pasea a lo largo de la orilla del Canal Imperial, pasa el camping de la ciudad, recorre las calles llenas de niños y jóvenes mileuristas del barrio de Rosales del Canal y llega a donde la estepa y la ciudad se confunden y se entremezclan, no puede dejar de sorprenderse ante la visión, entre desoladora y majestuosa, de lo que es la sombra de lo que iba ser un nuevo barrio. Se trata de un quiero y no puedo, un fracaso arquitectónico y político, una quimera que lentamente se aferra a la realidad en forma de un racimo de modernas casa ya edificadas, de esqueletos de cemento y acero a medio construir, que puntean un suelo color ocre; miembros y órganos de un ser urbano sin componer, miembros esparcidos en una especie de campo de batalla ya olvidado, sin apenas ligazón con la ciudad.

Quizá sea aquello que Saturnino, el operador de una excavadora pesada Carterpillar 330 CL de casi treinta y cinco toneladas, un tipo jovial a su cincuenta y muchos años, descubrió una mañana de junio lo que en el fondo constituya la explicación real, más real que el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, del fracaso de Arcosur, de los rostros depresivos de las gentes que habitan los bloques desperdigados, del progresivo olvido periodístico y burocrático, y sobre todo de esa especie de filtro color sepia que tinta el paisaje y las almas de los que allí malviven. Sí quizá. Es lo que tiene el infierno, tenerlo al lado, como dice Saturnino.

—¿Ve ese montón de tierra?

Señala una enorme montaña artificial que surge a lo lejos como un titán dormido sobre el suelo. Está rodeada de camiones, escombros, tubos de cemento y chatarra. Matojos enfermizos puntean sus colinas cariadas por el ataque de la lluvia y el Cierzo. Le calculo unos veinte metros de altura o más. Casi doscientos de largura en el lado más ancho de su base, más de cien de ancho. Es plana en su cumbre, un testigo inerme del lento devenir de unas obras que se eternizan.

—Ahora es algo más pequeña de lo que fue, pero no espere que lo quiten de ahí, pues ahí se quedará. Algo se inventarán para no moverla. Pusieron la excusa de que así tenían la tierra necesaria para nivelar. Así la levantaron a toda prisa. Mucha tierra, ¿eh? Una excusa. Mire usted —Saturnino recorre la planicie que nos rodea con la mano extendida, girando sobre sus talones ciento ochenta grados—; los únicos desniveles son los que hacemos nosotros para hacer los cimientos, las zanjas del alcantarillado y vale. Liso como una parrilla. Yo sé la verdad. Yo lo vi.

El hombre mastica su propia saliva espesada. Entrecierra sus ojillos de gorrión y aprieta los puños. De golpe uno le echa encima toda la edad que tiene y alguna más; pierde ese destello, entre ingenuo y pícaro, de su rostro rubicundo de niño grande. No le gusta recordar.

—Me di cuenta de que algo iba mal, mal de verdad, cuando la tierra crujió, el brazo se desestabilizó, la máquina se inclinó y yo olí el azufre. La máquina había abierto un agujero más grande de lo normal. La 330 es un puto monstruo que mueve casi tres metros cúbicos con la pala, pero aquel maldito boquete era más grande, mucho más grande, llegaba casi al borde de las orugas. Grande, sí. Tanto que tuve miedo de que ahí abajo hubiera una dolina; un embudo de esos que se te traga sin avisar y santas pascuas, a Torrero pitando con tus huesos, si es que te encuentran, claro. La bufarrada que apestaba a huevos podridos me pegó en la jeta y casi me hizo vomitar. Con los ojos llorosos, cagándome en todo, sobre todo en el ingeniero que me había dicho que comenzara a hacer una zanja, ahí donde Cristo perdió la zapatilla, sin más, paré el motor, me bajé y me acerqué con cuidado. Hacía calor, mucho calor para ser junio. El tiempo se vuelve loco en esta puta ciudad.

Saturnino se calla, mira a lo lejos. Veo que mira a un conejo que avanza cansino por entre unos matorrales. Escupe.

—Está lleno de ellos. Son una plaga. Al lado del canal, al otro lado de la autovía saltan donde menos te lo esperas a tu lado cuando pisas. Aquí no hay tantos, pero sí muchos, muchos y muy grandes; se han vuelto más grandes desde que apareció eso. Mire los cados, mire las madrigueras, enormes. Todo está acribillado. Y además, estos, los de acá, no tienen miedo. Se te quedan mirando fijamente, sin expresión. Te acercas y permanecen parados sin hacer nada, no mueven ni los bigotes; casi se diría que te están retando: a ver quién de los dos tiene más cojones y se cansa antes. No, no me gustan estos conejos, miran raro, muy raro. Están muy cerca de eso —señala la montaña que cubre lo que él descubrió—, demasiado cerca.

Saturnino no es el único al que la presencia de los roedores inquieta. Recuerdo la conversación con Pilar Urbeola, la arqueóloga que vino a comprobar si lo que Saturnino había encontrado podía llegar a ser un descubrimiento valioso.

—A primera vista solo era una galería abovedada, un capricho de la naturaleza que imitaba con perturbadora similitud lo que la mano del hombre podría haber hecho. Un agujero que se hundía en la tierra interminable, con una pronunciada pendiente de unos veinte a treinta grados, en sentido noroeste. Lo más extraño al principio era el olor. Una persistente pestilencia a azufre que nos obligó a ponernos mascarillas de protección. Aunque la ilusión de que aquello pudiera ser un hallazgo interesante desde el punto de vista arqueológico se había esfumado enseguida, los tres, Marcos, Luisa y yo entramos a echar un vistazo. Sentíamos curiosidad. Nunca habíamos visto nada así, ni habíamos oído hablar de ello, era cosa para los geólogos, pero bueno… Lo primero que nos sorprendió a los pocos metros fue el calor. Hacía mucho calor, un chorro de aire pestilente y cálido que venía del fondo, que nos golpeaba la cara. No habíamos avanzado tanto, no habíamos podido profundizar demasiado; no era normal.

Hablé con Pilar en su despacho. Marcos Guardia y Luisa Paredes no quisieron saber nada de mí. Marcos está en tratamiento psicológico, de baja; Luisa después de mi primera llamada, dejó de cogerme el teléfono. El despacho de Pilar está cuajado de libros técnicos, de notas, de reproducciones y láminas que representan objetos antiguos. Pilar es una persona apasionada; sus ojos vivaces, sus manos en perpetuo movimiento, la forma, precisa pero natural, en la que se expresa cuando habla de sus proyectos, dicen de ella que la mueve una pasión. Pero también es una científica seria, sin deslices imaginativos: una estudiosa que sabe diferenciar entre la metáfora y la tesis, entre el símbolo y lo simbolizado.

—Era una galería de suelo irregular pero firme, aunque las paredes se desmenuzaban si las tocabas. Era estrecha, Marcos es un chico grande y en algunos tramos tuvo que pasar de lado; la pendiente variaba, se hacía más pronunciada conforme avanzábamos. Llegó un momento en el que perdimos de vista la luz del día en la entrada. Llevábamos linternas, claro, pero había algo en aquella oscuridad que comenzó a perturbarnos; a veces tenía la sensación de que ese aire viciado atenuaba el cono de luz de las linternas más de lo normal. Normal, no era normal: la luz, el calor, el olor que la mascarilla no era capaz de apagar del todo…, un olor que se agarraba a la garganta formando un bolo sólido que hacía más y más dificultoso respirar; también estaba la enervante sensación de ser observada por una multitud de ojos invisibles, una sensación que iba y venía, propia de un ingenuo. Y luego los susurros. Sí, susurros, estaba segura de que eran nuestros propios pasos, el tráfico de la autovía cercana…, sonidos deformados por la tierra que nos rodeaba y la geometría del túnel, pero en nuestros oídos, en ese instante preciso, se asemejaban a cientos de voces humanas, lamentos apagados, quejidos de dolor y rabia que surgían del fondo del agujero, que reptaban siniestros, aferrados a los muros, buscándonos, llamándonos. Llámelo claustrofobia, llámelo sugestión, superstición, miedo, pero cuando llegamos al que era el primer recodo, un giro a la izquierda de unos sesenta grados, que nos impedía ver qué podía haber más allá, los tres nos detuvimos, nos miramos y, sin decir nada, nos dimos la vuelta y salimos de allí a buen paso. Creo que ninguno nos echamos a correr por simple vergüenza.

Pilar fumaba. El cigarrillo bailaba una danza inquieta. Lo sujetaba con poca firmeza, como quien no está acostumbrado a fumar. Había muchos cigarrillos apagados a medio consumir en un viejo cenicero triangular con el logotipo de Cinzano.

—Llegamos a la entrada, bueno, casi. Nos detuvimos en seco a unos pocos metros. Los conejos, eran tres o cuatro, estaban muy quietos y concentrados; no nos miraban, miraban más allá de nosotros. El abismo a nuestra espalda les provocaba una suerte de fascinación que no entendíamos. Estaban erguidos en el mismo remate de la oquedad, entre sol y sombra, muy quietos, demasiado quietos: con sus grandes orejas enhiestas, inmóviles, con una inmovilidad poco natural, ¿entiende lo que quiero decir? Pasamos a su lado y no se inmutaron, como si nuestra presencia allí fuera casual y nosotros fuésemos inofensivos. Ninguno de los tres hicimos ademán de tocarlos, ni ganas que teníamos. Una vez en terreno abierto, corrimos, echamos los bártulos en la camioneta y salimos como alma que lleva el diablo. A través de la nube de polvo que levantamos, pude ver a otra media docena de ellos acercarse al agujero.

Le he ido a contar la historia a Saturnino, pero ya la sabe. Ya ha hablado con Pilar.

—Una buena chica. Una chica fuerte. No como los otros. A los otros se les veía derrotados. Vinieron a verme los tres, a preguntarme, como usted. Pero poco había que decirles, nada, casi nada. Ya habían tapado la puerta y a ellos se les veía tan asustados. Sí, una puerta. Pues de una puerta al mismísimo infierno se trata. Ella me lo reconoció luego, a solas; ella lo sabía igual que yo, y creo que los otros también, pero eran más flojos, se notaba que no querían saber nada, que la cosa se les quedaba grande, que habían acompañado a la tal Pilar casi por obligación. A ella sí le conté más tarde, a solas, lo de las voces, lo de las figuras que salieron de dentro del agujero…, lo de las sombras. Y ella entonces me lo dijo, «Mira, Satur, es un maldita puerta, una puerta al infierno…»

Saturnino entrecierra los ojos de nuevo. Coge aire ruidosamente. Mira al infinito y termina por morderse los labios. Su tez bronceada se apaga momentáneamente, adquiere una tonalidad enfermiza a juego con el temor que diluye la firmeza de su mirada.

—No estoy loco, ¿sabe? Lo pensé. En serio. Joder, Saturnino, estás como una cabra. Pillaste una insolación. Pero lo que pasó luego, lo que hicimos, me demostró que estaba cuerdo, bien cuerdo. Algo debió suceder para que, de repente me hicieran caso, vinieran aquellos tipos trajeados a interrogarme y luego sin más, lo taparan a toda prisa.

Saturnino parece una persona íntegra. En su entorno dicen que no es amigo de chistes ni de bromas. Un tipo cordial, pero de fondo ecuánime, de los que van con la seriedad y al responsabilidad por delante.

—Las sombras. Ay, amigo. Ya le he dicho que me bajé de la máquina. Que me acerqué al boquete con cuidado, con miedo de que se hiciera más grande y se me terminara de tragar. Me asomé con cuidado. El derrumbe era longitudinal, unos cinco metros. Al fondo se abría un agujero que embocaba una galería. El olor ya no era tan fuerte, pero seguía ahí, agarrándose. Salía aire del boquete, una corriente tibia que te ponía los pelos como escarpias, sin más; aquello daba muy mal rollo. El sol me permitía ver que esa galería, túnel, no sé…, lo que fuese, se hincaba bien hondo, hacia abajo. «La hemos cagado», me acuerdo que pensé. «Como haya ruinas ahí abajo, se terminó el chollo y todos a su casita». No hubiera sido la primera vez que unas romanadas hubieran jodido un buen jornal a más de uno en esta ciudad. Me daba la vuelta para coger el móvil y llamar al encargado para comentarle el asunto, cuando escuché las voces.

Aquí Saturnino duda. Es la primera vez, en este encuentro y en los otros que hemos tenido, que le veo dudar. Se agacha, coge una piedra. Hay otro conejo a pocos metros de nosotros. Es cierto que son grandes; tiene el tamaño de un gato adulto, es de color gris, con grandes ojos iridiscentes y saledizos. Nos mira desafiante, una silueta recortada frente al túmulo. Saturnino le lanza la piedra. El guijarro cae a un par de metros del animal, levanta una diminuta nube de polvo, rebota y se detiene. El conejo no se inmuta, hasta quiere sonreírnos condescendiente. Pasan los segundos y cuando se ha cansado de mirarnos se aleja y termina escondido tras un pequeño montón de tierra.

—Muchas voces. Un cuchicheo de verdulería. Algo así. ¿Me entiendes? Hombres, mujeres, niños. Juntos, mezclados en un sonsonete turbio que poco a poco se iba haciendo más claro. Como si quien hablara se estuviera acercando desde el fondo. Debí gritar, preguntar si había alguien ahí. «Saturnino, había gente ahí dentro; las has cagado, las ha cagado del todo». Se me encogieron las pelotas de golpe. Me acerqué más, me incliné, asomé la cabeza intentando distinguir algo en la penumbra, a través del polvo que flotaba. Me importaba un bledo caer, en serio. La curiosidad era más fuerte que el miedo. Ahí había alguien, varias personas que, por cómo se transformaba el susurro, parecían quejarse y pedir ayuda. Volví a gritar. Algo así como «Estoy aquí, hacia aquí, vengan aquí, a la luz».

Al igual que Pilar, a Saturnino le cuesta llorar. No es un hombre acostumbrado a hacerlo. Pilar trataba de no derrumbarse al contarme sus problemas de insomnio, las pesadillas, o mejor sería decir, la pesadilla. Saturnino abotarga sus facciones tragándose la angustia. Imagino que no es fácil contar lo que él me va a contar.

—Las voces se acercaban. Había un terrible tono de angustia en aquel farfullar. No lograba ver a nadie. A veces creía distinguir una silueta, un movimiento, una sombra…, algo, no sé, deslizándose al fondo, muy al fondo. Pero las voces, el coro de voces se podía oír más y más cerca cada vez. Hubo un momento en el que parecía que estaban ahí al lado, en frente de mí…, quejidos, gritos, horror. No me pregunte qué decían, no lo sé, no lo entendía, no quería entenderlo. Había tanto dolor, tanto…. Y yo les llamaba, les decía que vinieran a mí…, y ellos seguían y seguían acercándose, farfullando, gritando, llenándome los oídos.

Mi interlocutor no deja de agitar unas manos nudosas, manchadas de grasa densa, manos de dedos gruesos y fuertes, manos de quien camina anclado en la realidad más dura y prosaica del día a día. Toda su fuerza, toda su sinceridad, la torpe elocuencia con la que trata de explicarme lo que sucedió, se contrae y aglutina en esas manos encallecidas de uñas romas.

—Y cuando parecía que estaban ahí, casi al lado, cuando sus lloros me ponían los pelos de punta y el aire parecía querer estallar a mi alrededor, llegaron las sombras, ellos, los perros. Pude oler su aliento azufrado envenenando el aire, escuchar sus ladridos, aullidos de escalofrío que hicieron enmudecer a las voces. Vi su silueta dibujarse en las paredes del agujero, sombras negras, sombras desdibujadas que flotaban sobre la tierra…, no sé cómo explicarlo: no había cuerpos, nada sólido, solo sombras, fogonazos, retazos, ¿lo entiende? Solo sombras, solo el olor, sus aullidos y una congoja tal que estuvo a punto de tirarme al suelo y llorar, llorar de puro miedo. Eran carceleros, perros, bestias, monstruos que pastoreaban las almas…, lo que fuera aquello que pugnaba por salir y escapar a través de la puerta que abrí, brutales carceleros que las devolvieron al abismo, que apagaron sus voces, que las ahogaron.

Y no solo eso. También sé que aún siguen ahí. En sus pesadillas, apareciendo cada noche a través de las grietas que sus visiones han causado en su cordura: Saturnino, Pilar, Marcos, Luisa…, es Pilar quien mejor las ha descrito. Esa sensación de no ser ella misma, de haber escapado de su cuerpo momentáneamente, de ser un testigo flotante en el cuarto de madrugada, un alma sin nexo, un alma aterrada que escucha los aullidos colarse por las esquinas que conforman los techos y las paredes, un alma que ve filtrarse sombras de silueta espectral a través de los vértices: sabuesos hambrientos, sabuesos que buscan sin descanso. Sé que Saturnino también la tiene, la pesadilla, cuando he dicho la palabra, cuando he hecho alusión a ella, sus ojillos se han encogido húmedos, sus nudillos se han blanqueado y el terror ha dado un zarpazo fugaz en sus facciones, agarrotándolas.

—No sé qué sucedió. Algo debió suceder, algo que hizo que vinieran corriendo a verme, a preguntarme, primero la policía, luego uno tipos con traje y cara de pocos amigos. Se dice que algunos geólogos se han perdido. Es la comidilla en las obras. Un grupo que mandaron a echar un vistazo y que desapareció. Se los tragó el infierno. Oh, sí. Claro que sí. No me cabe duda. Pilar lo sabe, yo lo sé, ellos lo saben y por eso al final tapamos el agujero, lo sellamos con todo lo que teníamos. Yo puse las piedras con la Carterpillar, docenas de ellas, grandes losas de media tonelada cada una. Luego vinieron los camiones, cientos de camiones y maquinaria, e irguieron eso, una tumba, un enorme sello que espero nunca nadie remueva.

El conejo ha vuelto. Está a pocos metros. El aire remueve su pelaje hirsuto, agita sus orejas. Nos mira, no deja de mirarnos con ojos del color del petróleo. Como dice Saturnino, hay un velado desafío en la pose, una pose extraña que me transmite un cierto desasosiego.

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