El artista y sus fantasmas

—Éramos la vanguardia, amigo José María. Ahora no somos nada, acaso con suerte, simples pies de página en monografías que nadie lee si no es para conciliar el sueño.

—Exageras, Paco, exageras.

—¿Exagero, José María? Mira estas manos, míralas bien. ¿Las ves temblar? ¿Las ves vacilar? Es el reflejo de la duda que me carcome por dentro. Mira mi cara, mírala, José María: es un campo labrado, yermo, lleno de profundos surcos que el fracaso, las derrotas y las falsas esperanzas han tenido a bien roturar; otro reflejo de algo que llevo muy dentro, de ese lastre que abotarga a los que son como yo.

—¿Y el triunfo, Paco? ¿La gloria? Joder, amigo, ya sé que no hay nada más efímero que la gloria, no hay mayor puta, es cierto. Pero tú la tuviste, la gozaste, tú la disfrutaste durante largo tiempo, poema a poema, drama a drama, en librerías, ateneos, congresos y teatros. Y más, quizá lo más importante. Sin ti, yo y otros muchos como yo no seríamos nada, sin tus desbarres surrealistas de inicio, sin tu posterior giro al neorrealismo, su abandono por el simbolismo caótico, tu sentido crítico; tu continua evolución en pos de lo nuevo, de lo incógnito… tú nos mostraste…, nos muestras el camino.

—Mamandurrias, Chemita, mamandurrias. Eso está bien en un alma joven, llena de pasión, llena de fervor por la verdad y la belleza. Ahora soy un viejo sin fuerza. Un artista pasado de moda, esclerótico, sin imaginación, sin empuje: la verdad me ha arrollado. Eso sí, viejo amigo, una verdad transitoria, de usar y tirar; porque la belleza que brota de esta modernidad consumista y vacua es una belleza efímera, de florero: una verdad que arrolla todo en modo apisonadora neoliberal.

—Presente, pasado… da igual.

—Hablas del pasado, joder. Tú deberías saberlo mejor que nadie. Los artistas vivimos el presente, estamos obligados a vivir el presente; para el auténtico artista no hay más tiempo que el presente inconcreto y peligroso; el pasado es lo que se debe superar y abominar. Los laureles del pasado son cadenas que, conforme pasan los años, aprisionan con más y más fuerza nuestro cuerpo y nuestra alma. A algunos les gustan: los laureles, el presente en pretérito que quieren que vivamos, domados, constreñidos…, son los vendidos, los conformistas, lo ideólogos: los que hablaban mucho y no ofrecían nada que no fueran palabras hueras, José María; son los que se han descubierto que prefieren vivir en la farsa, pero viviendo a cuerpo de rey. Son los que manejan el cotarro, dan prebendas y fabrican loas en factorías de marketing avanzado.

—¿Es por eso que bebes, Paco? ¿Por eso que no hay forma de verte sobrio? ¿Les tienes envidia?

—Hoy estoy sobrio, jodido bastardo. Y no, cabronazo, no les tengo envidia a esos hipócritas vendidos; estoy orgulloso de no vivir la farsa, orgulloso de ser lo que soy, orgulloso de lo que fui, aunque me joda, no mendigué una de esas prebendas o un galardón jamás, ni lo haré, me muera de hambre y de pena, me olviden o tachen mi nombre de los libros.

—Estás sobrio porque te he avisado, viejo borracho. Porque sabías que venía a verte y has escondido el vino barato, el coñac cuartelero con el que te colocas cada día. ¿O te crees que no lo sé?

—¿Te me has vuelto un puritano, José María? ¿Ahora eres de los que juzgan? ¿Te has aburguesado?

—¿Aburguesado? Cabrón. Soy de los que aprecia a sus amigos.

—Beber me ayuda. Ahora que escribir solo subraya mi incapacidad para atrapar la realidad con la lucidez de antaño, hay que sobrellevar la decadencia con dignidad, la dignidad de un bufón lucido. Y nunca he sido un buen bufón. Me tomaba la vida demasiado en serio, la mía y la de los otros; lo mío, viejo amigo, ya sabes, nunca fue la comedia, lo mío era el tinte lúcido de la tragedia: grandilocuente, aguda, terrible tragedia. Pero el alcohol es buen maestro, algo picajoso, muy exigente, pero eficaz a la hora de convertir a un amargado en un cínico. A los amargados no los aguanta ni Dios, a los cínicos, José María, si tienen chispa y cuentan buenos chistes, hasta se les permite saborear las sobras del banquete.

—Solo te ayuda a morir rápido.

—¿Y según tú, eso es malo? Vivo la poca libertad que poseo haciendo uso de esa libertad. ¿Qué es morir sino hacer aquello para lo que hemos nacido?

—¿Libertad? ¿Llamas a esto libertad? Déjate de poses existencialistas de salón, no seas actor. No me creo nada de lo que dices, Paco, nada. Nunca has sido de esos, nunca te ha gustado tomar el camino fácil, nunca te han gustado los gestos cara a la galería. Lo tuyo ha sido una sobriedad clarividente sin aparejos que la suavizaran.

—Que te jodan, José María.

—Qué te jodan a ti, maestro.

—¿Por qué insistes, José María? ¿Por qué no lo dejas estar?

—Porque uno es amigo de sus amigos.

—Ya.

—No me jodas, tú, Paco. Sabes que eso me duele, que dudes, que dudes de mi amistad.

—No dudo, José María. No es eso.

—Entonces dime la verdad, a qué viene esta decadencia súbita, ese echar una vida por el vertedero. Eres todo un espectáculo.

—No sé. No sé, de verdad. ¿Quizá porque dudo de mí?

—Ni se te ocurra llorar, Paco, ni de coña. No conmigo.

—Joder, José María.

—Habla, suéltalo, viejo. ¿Dudar de ti?

—Fantasmas, José María, son los fantasmas.

—…

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara quieres que ponga?

—Cualquiera menos esa. Esa que ponen todos cuando me ven. Tú no, José María. Tú no.

—Es difícil, muy difícil después de haberte escuchado.

—¿Crees en los fantasmas? ¿Eh? ¿Has creído alguna vez en ellos? No como algo estético o esotérico, no como una subordinación de la razón por la pasión y el simple instinto estético, tampoco como algo sumiso a una visión espiritista de la vida, de la existencia, del más allá…, no. Sino como algo real, jodidamente real, que te urge, que te pincha, que te hostiga.

—Fantasmas.

—Percibo una buena dosis de incredulidad. Viniendo de ti…

—No presupongas nada, Paco. Nunca fuiste amigo de misticismos. ¿Cómo decías? Supercherías que beben de la ignorancia y que solo dan el pego en los libros, y no en todos. Ahora me vienes poco menos que hablando de maldiciones

—Ya ves, la fe del converso, del converso a la fuerza.

—Ahora sí pareces derrotado.

—Es que antes no me esforzaba por parecerlo.

—Y amargado.

—Perdido, muerto en vida…, como mejor te guste expresarlo. Al fin y al cabo, son solo palabras. Y las palabras solo estorban, confunden; las palabras se quedan incompletas. Truncadas como dentro de poco estará mi memoria, mi ser.

—Ahora sí que me he perdido, Paco. Lo has logrado. Nada de lo que dices tiene sentido.

—Alzhéimer

—…

—¿Te he dejado mudo, viejo compañero?

—No me jodas, Paco. No me jodas. ¿Lo dices en serio?

—El jodido soy yo. Y sí, no puedo hablar más en serio. Dentro tengo un monstruo sin forma que va comiéndose mis recuerdos, corroyendo mi vida entera. Soy un caníbal de espíritu, un computador estropeado que devora su propio software. Dentro de unos años solo seré una carcasa hueca, mi alma se habrá podrido al igual que mis neuronas y las sinapsis que traman mi individualidad, y ya nada importará…, quizá ni siquiera ellos importarán.

—¿Ellos?

—Los fantasmas, esos espectros que se me aparecen día a día.

—Volvemos a las andadas…, maldita sea, Paco, no juegues conmigo.

—Ellos vuelven, José María. Son ellos los que han regresado a reírse de mí, a burlarse de mi derrota. Es su venganza. Ahora que la debilidad me impide pensar con claridad, rechazarlos se hace difícil, pero todavía los ahuyento, amigo. Los echo fuera. Y no es un juego, deja secuelas… ¡Oh, sí! Por eso bebo, bebo algo más de la cuenta, beber los degrada, los aleja. Le tengo miedo a la enfermedad, estaría loco si no lo tuviera; miedo a todo lo que se supone que me va a pasar aunque deje de ser consciente de ello, pero eso es algo que está ahí, delante, una amenaza a medio plazo, un susurro en el oído de César. Porque a corto plazo están ellos. Están en el presente, en mi presente, ese presente que el pobre legado que disfruto. Han salido de mi pasado, se han rebelado y me acosan, se infiltran. Y seguirán en el futuro, oh, sí, en ese futuro sin ayer que me depara la puta enfermedad.

—Me estás mareando, Paco. Para ya, céntrate, por favor. ¿Qué fantasmas? ¿Quiénes son ellos y qué coño hacen?

—Mis personajes, José María, mis personajes…., todos ellos: ruines, coléricos y vengativos. La lucidez del creador concibe monstruos, amigo. O debería decir que todo creador lúcido no tiene más remedio que parir muchas aberraciones a lo largo del sendero recorrido; solo ellas desentrañan con propiedad lo real de la existencia, la desnudan y la muestran a los conformistas que eligen permanecer ciegos y sordos. El terror más feroz es aquel que surge de la propia realidad aberrante y se muestra desnudo a quienes tratan de evadirlo.

—Pero…

—Y he descubierto que esa aberraciones, llegado el momento, son capaces de tomar forma, de expresarse e interactuar. No mueren, no desaparecen. No. Están ahí y llegado el momento salen de la trinchera, del almacén de la memoria, de las librerías de viejo, del sótano del teatro, de las monografías y las programas de radio. Todos ellos; un día uno, otro día otra; metáforas que toman cuerpo y juegan transformando la realidad, arquetipos que se consuman en un ectoplasma fugaz y susurran las verdades, los secretos que todo hombre ha dejado de desear escuchar.

—¿No has pensado…?

—¿Que si eran producto de lo que poco a poco va larvándose en mi cabeza? Coño, Chema, ¿por qué crees que me he enterado de que se me come el Alzhéimer?

—Supongo…

—Aguante una semana; siete días, amigo. Cuando vino era una patología divertida, algo distinto, un espectáculo que venía a sacarme de una triste rutina de lectura y aburrimiento. Mira tú, fulanito y menganito; coño, si son ellos, mis hijos putativos, mis personajes…, ahí al lado, mirándome. La diversión se consumió en su propio ardor, generando amargas cenizas. Ellos perseveraron. Aquellas siluetas dejaron de ser polichinelas, subproductos de lo que yo pensaba era una mala racha emocional, tomaron consistencia, periodicidad, lo que es peor, intención, y fueron a por mí; nada de subproductos, no, sino alimañas encarnadas que sabían dónde morder, rasgar, devorar.

—No hay peor enemigo que uno mismo, Paco.

El artista y sus fantasmas—Ahí le has dado. Ahí, compañero. Un día no lo soporté más. Alucinaciones, locura…, no creas que no pensé en los excesos del pasado, en todas las sustancias que probé, en las que todavía me meto de vez en cuando; en eso, en otras muchas cosas, como que un tumor se me comía de veras, uno siempre piensa en el cáncer, es un mecanismo automático de nuestro cerebro de hombres modernos…, como que algo se había desconectado aquí arriba. Un día me cagué en los pantalones. Una noche, Clara, si la misma Clara del poemario “La carne yerma”, tal y como me la había imaginado, apareció en mi cama, desnuda descarnada, podrida… aquel cadáver exquisito se arrastraba entre al sábanas, me sonreía con mueca de mortaja, me miraba sin ojos y con voz susurrante me exigía que la penetrara, que sembrara mi semilla en su cuerpo podrido para así recobrar la carne y el alma que yo le había negado en el papel. Al día siguiente fui al médico, me hicieron pruebas, me dieron pastillas, me sembraron de electrodos y cables, midieron todo lo medible dentro de esta cabeza y concluyeron que no me pasaba nada fisiológico que pudiera dar lugar a las visiones. Nada fisiológico, si exceptuamos un inicio de Alzheimer que apareció de entra las sombras, de rondón, como el colega que viene a sablearte; lo sentimos amigo, es una putada, pero eso no tiene nada que ver con esos otros espectros que juegan con tu cordura. El puto Alzheimer no es el origen ni la causa de sus particulares fantasmas, para eso, por favor, corra, vaya a un loquero, uno de verdad. Ese día Lucas Martel, trágico protagonista de “Las agonías vividas”, premio nacional de teatro, se sentó a mi lado en la sala de espera de la Casa Grande, desnudo, ojeroso, con el cable de la antena aún atado en el cuello, violáceo, yerto y sonriente; sí, José María, sonriente, flaco como vagabundo, ojeando una revista de coches que alguien se había dejado olvidada sobre una mesa de formica, diciéndome que, mire usted, que había que aprovechar, que pronto no me iba a acordar de él, ni de él ni de ninguno de sus amigos. Pero que iban a seguir viniendo a verme como buenos colegas.

—Me asustas, Paco. Eso no tiene sentido. No tiene ni pies ni cabeza. Es de locura.

—Yo soy el que está asustado, amigo. Y tiene sentido, sí lo posee, sí tiene un sentido pervertido. Un sentido diabólico que solo yo comprendo, que solo quien crea con cruel decisión sabe. Por eso bebo, amigo. Porque no hay salida, porque estoy aterrado. Y no es la perspectiva de morir lo que me aterra, no tanto como otra perspectiva, la de vivir, la de la agonía callada e indolora que barrunto, cuando ellos vengan y yo ya no los recuerde. Como sucede ahora…, porque ahora sé quiénes son.

—¿Ahora?

—Ahora, en este mismo momento.

—Por Dios…

—No le verás, Chemita. Tú no lo vas a ver, pero está ahí, a tu lado, echando su aliento sobre ti hombro, mirándome con unos grandes ojos de gato cruel.

—Paco, no me jodas. No juegues.

—Laurita Villacampa, heroína trágica del drama experimental “Dama de otoño”. ¿Te acuerdas? Tu personaje favorito. Una chica solitaria, un alma incompleta en busca de un alma simétrica, un epítome de la soledad devastadora que no asola a todos en esta época de desengaño, de fugacidad, de relaciones superficiales. Le gustas, José María. Me pregunta por qué no te creé, por qué no te metí en la obra de teatro. Contigo hubiera sido feliz, seguro, feliz en su locura queda y romántica, tú no la hubieras engañado ni usado ni traicionado. Por cierto, trata de acariciarte la mejilla.

—Vamos, hombre. Estás loco. No hay nadie. Nadie. Lo ves. Nadie me acaricia nada.

—Laurita en el fondo era una chica tierna, chico; una mujercita modosa y conformada, pura a su manera de mantis religiosa. Así la imaginé, así la retraté; luego fueron otros, otros que en el fondo eran una réplica de mí como creador, los que la convirtieron en el monstruo, en la fría asesina que resolvía su insatisfacción en el éxtasis de la muerte y el dolor. ¿Recuerdas? Y es algo que no me perdona, porque a Laurita no le gusta matar, odia la sangre, la violencia; pero mi imaginación, la trama en la que la he situado, la conducen inexorablemente a una muerte tras otra hasta que la locura la desintegra, le priva de toda esperanza, de toda posibilidad de redención o amor, y termina por matarse ella misma.

—Definitivamente grillado, loco, kaputt, compañero, no es que se te vayan a pudrir las neuronas, es que ya las tienes fritas. Joder, Paco.

—Lúcido, Chemita, lo que estoy es lúcido, alerta. Soy un hombre asediado, consciente de lo que se juega, de lo que se le viene encima. ¿Piensas que eso que te digo es producto de mi imaginación, de un mal funcionamiento de los circuitos, de una locura transitoria, de la paranoia propia del moribundo? Te equivocas amigo, te equivocas. No lo es, es real.

—¿Real?

—Parece mentira.

—¿El qué?

—Tu cortedad de miras. Qué va a ser, que alguien como tú me venga ahora con una concepción académica de lo real.

—No me jodas, Paco, lo real es lo real.

—Dios, tú también. Otro que se deja llevar por la corriente. Lo real es lo que percibimos, Chemita, lo real lo construimos nosotros, nuestra forma de elaborar las percepciones, de fundirlas con nuestra biografía, apetitos y miedos.

—Lo real no es subjetivo, viejo.

—No estoy de acuerdo, nada hay más real que lo subjetivo. No hay nada más real que lo que tus sentidos te ofrecen y tu cerebro procesa.

—Los sentidos engañan.

—Los sentidos van más allá, amigo, los sentidos no engañan. Los sentidos, como tú los llamas, también otean en otro universo, el universo autónomo, propio, el universo privativo del poseedor del mismo sentido y entresacan de él realidades tan tangibles como aquellas en las que tú estás pensando con tu pacata concepción de lo real y la percepción. Realidades interiores que hablan de tus deseos, de tus complejos, que sintonizan con tus necesidades y tus temores, el eco de lo que se interioriza en el cuarto oscuro y lucha por salir, por vengarse, por revivir.

—Una argumentación impecable en lo estético, engañosa también, pero brillante y difícil de desmadejar en una simple conversación de bar, Paco. Pero que creo cojea en lo fundamental y lo sabes; solo te regodeas en su estética de conversación de guateque.

—Lo hermoso ha de ser siempre imperfecto…

—Déjate de sofismas y haikus descafeinados.

—…

—¿Qué pasa ahora? ¿A qué viene esa cara de chiste?

—Ya no le gustas.

—Joder, Paco. ¿A quién no le gusto ahora?

—A Laura. Dice que de partida parecías una cosa, pero tus palabras dibujan otro retrato. Te difuminas, te oscureces eres un hombre prosaico, convencional.

—La tal Laura habla como hablarías tú, cabrón.

—¡Bingo!

—¿…?

—Laura soy yo. Yo soy cada uno de esos fantasmas, José María. Clara, Luisa, Ramos, Lucas Hermosilla, Pedro Zapata, Blanca Argües…, todos y cada uno de mis personajes y creaciones. ¿Ahora te das cuenta? Lento, te me has vuelto lento. Ellos son yo y yo soy ellos, ambos reales; dicotomía esencial entre lo de dentro y lo de fuera, verdad manifiesta sobre la que edifico mis defensas y rechazo sus embestidas. Sé lo que son, trasuntos, ideas, y por eso solo me perturban, sin más, en este instante, en este momento concreto de mi vida. Sé cómo enfrentarme a ellos y alejarlos porque su armas son mis armas, porque mis agujeros negros son sus argumentos, mis debilidades el origen de sus insidias. Y estoy aterrado porque va a llegar un día, sí, amigo mío, un día en el que olvidaré esto que te estoy diciendo: que ellos son yo y que yo soy ellos. Habrá una mañana en la que la carcoma que roe pacientemente mis recuerdos, mis hábitos, mis vivencias, llegue a este núcleo esencial y lo borre, y entonces ellos serán ellos sin más, carne y sangre, libres y peregrinos, cargados de crueldad, alimentados por un insaciable deseo de venganza, armados con piedras y palos arrancados de mi propia existencia…, una existencia de la que no seré consciente.

—Ellos cobrarán vida.

—Ya tienen vida.

—Vida a su manera.

—Da igual la manera, José María, da igual. Para mí serán igual de reales que lo son ahora y vendrán para aniquilarme sin que tenga nada a mano para defenderme más que un babero y un pincel para pintar botellas de leche vacías, mientras me cago en los pantalones, ingresado en una sórdida pero funcional residencia para mayores desahuciados. Volverán jornada tras jornada, flotando en mi desmemoria, alimentándose de mi terror.

—…

—¿Te he dejado sin palabras. Amigo?

—Algo así, Paco, algo así.

—Pues echa una copa conmigo. Abre ese armario, el que tienes al lado. Coge una botella, cualquiera, da igual…, dos vasos y acompáñame en esta muerte lenta. La muerte del cobarde.

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