Luciérnagas del Huerva

Hace unos días vimos luciérnagas. Fue en el Huerva. Allí donde la ciudad se mete al río en las entrañas y lo hace parte de sí misma. Atardecía; un atardecer de cuento en la Gran Vía, con tonos violáceos en el cielo y una atmósfera transparente. Un atardecer que aterciopelaba la rugosidad ocre propia de Zaragoza, mitigando su aspereza de capital de provincias. Las vimos resplandecer en la orilla del río, punteando la hierba de la ribera, inquietas en su vacilación, sembrando de joyas iridiscentes un lugar cargado de fealdad, lleno de tubos, sembrado de desperdicios, vestido de cemento y soledad. Porque el Huerva es un río solitario; siempre me ha dado esa sensación. Un río humilde que se apoca aún más al entrar en la ciudad, canalizado, encerrado, domado. Hoy discurre limpio y festoneado de verdor, antigua cloaca, pero sigue siendo un río herido; no hace falta más que mirar el aspecto enfermizo de las acacias, de los álamos y de las higueras que lo escoltan, el semblante hosco de los pinares que se enredan en su recorrido. No, no hemos reparado el daño; la herida sigue abierta y supura, aunque el agua sea cristalina y los patos se luzcan nadando a sus anchas por el cauce.

En el Huerva

Ha sido por eso, quizá, que la visión de las luciérnagas ha conmovido a los transeúntes. Pues uno no espera encontrar un espectáculo así en medio de un erial de polución, asfalto, prisas y alquitrán. Es por eso que nos hemos acodado prietos, sintiendo el calor del otro a nuestro lado, asombrados, alineados en el pasamano de piedra que hay sobre la lóbrega boca que se traga al río.

Los pequeños insectos se apagaban y se encendían al son de una clave desordenada. Su luz iba y venía, cambiaba de tonalidad, aunque siempre en una misma gama de colores verdosos: una danza hipnótica que hacía que alguno de los niños exclamara expresiones de asombro. Un niño que no ha visto la luz mágica de las luciérnagas —decía un hombre entrecano, a mi lado—, no es un niño del todo, ¿no cree? No pude oponer nada a aquella afirmación, aunque sí sentí una punzada peregrina de tristeza. Yo jamás hasta entonces las había podido ver. No pude evitar pensar que parte de mi niñez entonces se había quedado huérfana. Así se lo susurré a mi mujer. A lo que ella, con esa sonrisa suya que a veces exhibe, entre sarcástica y comprensiva, me respondió que era un idiota sentimental que le daba demasiadas vueltas a la cabeza. Una de mis perras, la galga, también se había asomado al pretil aguijoneada por la curiosidad, preguntándose qué era lo que suscitaba tanta expectación entre aquellos humanos. Mientras, su compañera, la sabueso, más pequeña, no paraba de dar vueltas, arañándonos la pernera del pantalón, nerviosa e impotente por no poder llegar al mirador a pesar de su esfuerzo e insistencia. Tara, así se llama la galga, tras saciar su curiosidad comenzó a gimotear. Yo achaqué esa reacción al hecho de que un grupo de patos habían aparecido parpeando en un tono agudo, convoy de pequeños barcos a motor sin rumbo definido, quizá ellos también curiosos. Tara, cazadora de pelo, siente una obsesión paradójica con las presas de pluma. Nada me hizo pensar que tras aquel lloriqueo pudiera esconderse algo distinto al instinto refrenado y los nervios. La presencia del grupo de aves había ampliado nuestra particular emoción; es lo que tenemos la gente de ciudad, cuando la naturaleza hace acto de presencia, aunque sea en un breve reclamo, casi desnaturalizada, se nos caen las durezas y reconocemos nuestro pecado de prisioneros de lo práctico e insustancial. La gente hablaba entre sí en susurros. Personas que no se conocían de nada, que normalmente ponían mala cara cuando un desconocido les abordaba en la calle, charlaban de la forma más amigable, exponiendo una parte sensible de ellos mismos que suele permanecer bien protegida, endurecida por el devenir regulado en la ciudad. Marimar, mi esposa, que llevaba la correa de Chelsy, la sabueso, hablaba con el hombre que había hecho el comentario de los niños. Yo lo hacía con una mujer que de vez en cuando acariciaba el cogote de la galga con descuido. Ninguno habíamos visto antes una simple luciérnaga, y nos deshacíamos en una sucesión melosa de adjetivos para describir aquello que sentíamos al hacerlo por primera vez; parecíamos poetas de casino de provincias, encantadores, pero risibles. Tara seguía llorando, con sus ojos tiznados de un brillo ansioso, dando tirones a la correa, inquieta. Se subía y se bajaba de la baranda. Unas veces queriéndose ir, otras atraída sin remedio por lo que había abajo, inalcanzable para ella.

El grupo de patos, quizá advertidos por la luminosidad de los insectos, habían ordenado su rumbo y se dirigían hacia donde la orilla perdía algo de su verticalidad y una playa de arena y guijarros caía en una pendiente suave. Los niños gritaron. ¿No se las irán a comer, mamá? Puede que preguntaran unos. O quizá decían otros. ¿Van a jugar con ellas? Mira, sí, papá, van a jugar, los patitos y los bichitos. Tara reculaba, daba pequeños ladridos agudos, me empujaba hacia atrás, sin dejar de mirarme, con el pelo del lomo erizado. Era molesto, incómodo. Hasta la mujer, Petra se llamaba, nos observaba sin entender por qué el animal tenía ese comportamiento y trataba de tranquilizar a la perra acariciándole el cogote. Chelsy imitaba a su hermanastra y tiraba de Marimar hacia el asfalto. Terminamos dando un tirón seco a las correas y gritando para que se callaran y se sentaran, cosa que hicieron no muy convencidas, con las orejas gachas y la boca entreabierta.

Los patos habían llegado al borde de la orilla. Las luciérnagas, percibiendo su presencia, habían acentuado el ritmo de su vals luminoso. Y no solo eso, más y más pequeños destellos habían brotado a lo largo de esa misma orilla, formando una constelación de luz densa y palpitante: bienvenida improvisada que catalizaba extrañas composiciones dinámicas que creaban tramas de geometría incierta. Alguien aplaudió. Otros buscaron sus teléfonos móviles e inmortalizaban la escena. Nadie era ajeno. Yo mismo percibía una emoción en la boca del estómago, la misma que me sobrevenía de crío la víspera de un viaje, la noche de Reyes o la mañana de mi cumpleaños. Hay algo mágico en esto, dijo el hombre mayor. La magia, la de verdad, la sencilla, es extraña en los tiempos que corren, dijo emocionado. Estuve de acuerdo con él. Uno de los patos, el líder, un gran macho se dispuso a salir del agua. Los patos se mueven en tierra con la dignidad engolada de un noble venido a menos, aquél no era ajeno a esa torpeza rígida, con pasos firmes se acercaba al grupo más cercano de luciérnagas. El resto, un par de hembras, otro macho más pequeño y media docena de crías, se arracimaban en un remanso del río, a poco menos de un metro de la orilla, protegidos por un tronco resquebrajado.

Tara aulló asustándome. Le di un tirón seco a la correa y la hice callar. Se sentó sobre sus cuartos traseros con cara de pocos amigos, el pelo del lomo erizado y evidente nerviosismo. A veces, cuando había mucha gente a su alrededor, Tara tenía esa forma de comportarse. Chelsy se había tumbado en el suelo, muy pegada a los pies de mi esposa, y no dejaba de mirarme con sus grandes ojos pintados de tristeza.

Se escuchaba el murmullo de la gente. Éramos unos cuantos, no solo en el pretil de la embocadura del soterramiento del río, sino alrededor, en las cercanas barandas de piedra caliza que corrían paralelas al Huerva. Había cientos de luciérnagas, una densidad de luz fosforescente que cubría casi por completo una zona de unos tres metros a un lado y a otro de nuestro amigo el pato explorador. Y lo más maravilloso, como siguiendo un ritual geométrico, un callado automatismo, o quizá un espontáneo instinto de conservación, las luciérnagas más cercanas al ave, conforme ésta avanzaba a pasos muy torpes, se apagaban accionadas por un interruptor interno, creando un perfecto círculo de oscuridad a su alrededor, un círculo que se movía con él, que avanzaba con él, que retrocedía con él en maravillosa sincronización: improvisado foco de luz negra. Escuchamos graznar al pato, lo vimos estirar el cuello intentado llevarse al gaznate uno de los insectos, volver a graznar, mirar de un lado a otro, volver a tratar de atrapar alguna de aquellas joyas escurridizas; todos nos reímos de su perplejidad. Tara y Chelsy volvieron a aullar, un quejido apagado. Momento en el que unas palomas decidieron salir espantadas de entre las ramas de unos pinos y asustaron a un niño que hizo un puchero y se echó a llorar. No nos dimos cuenta de que las luciérnagas estaban sobre el pato hasta que éste comenzó a chillar, hasta que su caminar latoso cesó y comenzó revolverse asustado, sorprendido, camino de la seguridad que le suponía el agua. Eran graznidos de dolor, chillidos agudos acompañados de un intenso aleteo que hacía volar una pequeña nube de plumas y tierra. El ave se revolcaba por el suelo envuelta en una creciente fosforescencia, como si sus convulsiones, en lugar de servirle para desprenderse de aquellos invasores que se prendían de su carne, tuvieran como resultado todo lo contrario, y más y más puntos incandescentes se hincaban en su cuerpo invadiéndolo, devorándolo. El pato se acercaba a la orilla, sus chillidos se habían intensificado ante nuestro asombro y el asombro de su propios congéneres. Las luciérnagas refulgían y se movían, creaban zonas de una densidad creciente, formas semovientes, senderos palpitantes que convergían a toda velocidad hacia varios puntos: nuestro pato y la orilla del río, donde las otras aves contemplaban la escena embobadas y calmas, sin ser conscientes de que el peligro se acercaba a ellas como una marea palpitante.

Tengo que decir que, mientras todo esto sucedía bajo nuestras narices, nadie, ninguna de las docenas de personas que, con la boca abierta y el estómago encogido, veíamos el macabro espectáculo, decía nada. Hasta el niño que se había puesto a llorar se tragaba lágrimas y mocos, con la cara barrida por la incredulidad, aferrándose con toda su fuerza a la cintura de su madre. Detrás nuestro, el tráfico discurría ajeno a la, llamémosle tragedia, a la subversión de lo cotidiano. Zaragoza seguía con su existencia. La ciudad, por un lado nos ofrecía a unos pocos un destello de su locura turbia, mientras la cordura desordenada del día a día nos rodeaba, nos ninguneaba y se reía de nosotros a su manera.

El pájaro cayó al agua arrastrado por su propio impulso. Allí quedó inerme a merced del fluir inmisericorde de la corriente, muerto pero animado por una maléfica agitación de luz que parecía hervir. Sus congéneres apenas reaccionaron. Estuvieron unos segundos observando el espectáculo, nadando contra el flujo del agua, enmudecidos, indecisos, sin reparar en que su seguridad y su vida estaban en entredicho. Cuando quisieron darse cuenta, ya era demasiado tarde también para ellos. Aquellas tramas orgánicas, con su resplandor espectral, tentáculos de la cabeza de Medusa, tejieron implacables senderos por la tierra y el agua, flotaron sobre la corriente formando serpientes de resplandor pulsátil y, a una velocidad asombrosa, asaltaron a cada uno de los otros sin el menor asomo de piedad o temor, envolviéndolos en un abrazo de muerte. El agua del Huerva, transparente ese día, se tiñó de verde y rojo, sobre todo de verde, un verde intenso que consumió con prontitud las islas de sangre que brotaban en los fugaces remolinos allí donde los animales eran consumidos a pesar de sus sacudidas y sus infructuosos intentos por huir. Las plumas, las bellas plumas de tinte metálico fluían arrastradas por la corriente. Un montón de ellas, formando otras islas desordenadas y tristes. Las vimos desparecer debajo de nosotros, tragadas por el soterramiento que canalizaba al Huerva por debajo de la ciudad, camino del olvido y el Ebro. Lo mismo sucedió con las luciérnagas terminado el festín. Luciérnagas o lo que aquellos diminutos demonios quisieran ser. Pues las que había en tierra vaciaron la orilla de oropeles, corrieron hacia el agua a unirse con sus compañeras, renacuajos luminosos que trazaban sinusoides desordenadas sobre la corriente, grupos que formaban mandalas brillantes de una torpe simetría, bestias diminutas ya ahítas y satisfechas que iban apagando su fosforescencia monstruosa con morosa lentitud.

Pasados unos segundos, el río, en su eterno devenir, las arrastró a todas hacia el averno, dentro de aquel túnel que horadaba la ciudad en busca de un oculto secreto. Así desaparecieron: extensas ínsulas de luminosidad verdosa, una luminosidad enferma que se disipaba en lentos latidos.

Las dos perras aullaron, un aullido quedo, mínimo. Olisquearon el aire con recelo, agacharon las orejas y se pegaron a nuestras piernas en busca de calor y protección. Nadie en la multitud dijo nada. Igual que aquellos destellos nos disolvimos; cada uno por su lado, la mirada en el asfalto, sin saber explicar muy bien de qué habíamos sido testigos.

Al día siguiente no hubo mención en la prensa, nunca la hay, ni un detalle. Cosas así se quedan en el inconsciente de la ciudad, permanecen ocultas en otros mentideros más sumisos y reducidos. Zaragoza guarda sus secretos con tres vueltas de llave, candados y cadenas. Ni siquiera en las redes sociales pude encontrar alusiones, imágenes o videos. Y haberlos los hubo, no me cabe duda. La verdad, una vez más, se pudría en el estómago de la ciudad. Solo una brigada de limpieza, media docena de hombres y mujeres vestidos con trajes de protección, unos trajes de un prístino color blanco, a la mañana siguiente aparecieron en el lugar, y con unas máquinas fumigaron a conciencia la orilla, bajo la atenta mirada de un par de agentes de la Policía Municipal y un encargado de la empresa de limpiezas de Zaragoza.

 

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