Los selfies de Santa Marta (Fragmento)

En una de mis esporádicas incursiones en internet leo lo siguiente acerca de la moda de los selfies: “no son simples autorretratos, sino un mensaje sobre la identidad. Sobre el aquí y ahora, y los tiempos que corren: deprisa, en un instante, algo aparentemente improvisado, un trozo de imperfección. De vida real”. No soy muy amigo de esas acciones, no soy muy dado a esas explosiones espontáneas de narcisismo indolente. Hablan de la identidad, de la eterna necesidad de ser y diferenciarnos, eso es evidente; hablan también, como siembra la cita, de un mundo donde lo instantáneo no es solo moda, sino casi una ley que nos atornilla a una determinada forma de vida. En sí ya esto es algo perturbador: el dominio absoluto en el mundo de hoy de lo irreflexivo y simplificado. Pero no quiero ahondar en este breve comentario en esas sospechas, no. La lectura de esta cita es una feliz casualidad que me retrotrae a lo que sucedió hace unas semanas en la plaza de Santa Marta.

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Esta placita, incrustada en el centro de Zaragoza, casi al lado de La Seo, es visita obligada para los amantes de la gastronomía efímera: de la tapa, el montadito, la ración, el chato de vino y la caña de cerveza al albur de una reunión de amigos…

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[Dedicado a la gente de Casa Dominó, grandes amigos, grandes restauradores]

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