La corte de los espejos (Fragmento)

Son unos pocos los que saben qué acontece en el cuarto piso, letra A, del número cinco de la calle de la Trinidad. Yo soy uno de ellos gracias a Rosa, una buena amiga, aparejadora y aficionada a la lectura, que fue quien me embocó hacia este delirio en un juego ingenuo y casual, sin ser consciente de lo que hacía.

UnCalle Trinidada conversación  sin objetivo nos había llevado hasta Alicia a través del espejo, lugar en el que finalmente se había empantanado  y agonizaba  sin remedio. Era primavera, una primavera inclemente, un martes de anochecida, y apenas había ya clientes en la cafetería de la calle Mayor, donde solíamos quedar al menos un par de veces al mes. Ambos llevábamos mal día: teníamos sueño, frío y no andábamos para muchas lindezas intelectuales. Fue cuando traté de matar definitivamente la conversación diciendo algo del estilo «mira el juego que puede dar preguntarse qué demonios sucede en realidad detrás de un espejo…» que Rosa salió de su letargo, entornó brevemente sus ojos felinos y esbozó una sonrisa socarrona. Tardó en estructurar unos recuerdos borrosos y por fin dijo…

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