La dama de Macanaz (Fragmento)

El Ebro llega a Zaragoza y se retuerce. Aguas densas que se rebelan contra la línea recta, se demoran y dibujan elásticos meandros que parten la ciudad en las dos mitades de un puzle a medio encajar. Aguas cargadas de historia y otros elixires menos académicos. Aguas que ocultan secretos y habitantes insospechados; secretos que a veces juegan al juego del equívoco, de la burla, y asoman brevemente su apariencia para alborotar a los desprevenidos ciudadanos y poner a prueba su cordura.  Así, hace unas pocas semanas, los paseantes nocturnos de la Arboleda de Macanaz fueron testigos de un hecho de este cariz, que si no como insólito, al menos fue calificado como singular por muchos, falso por la gran mayoría, como suele suceder en estos casos. Aconteció recién dadas las diez de la noche, envueltas las farolas en una umbría grumosa, filoso el aire invernal, bajo la grave sonoridad del río …, una voz, un canto desmadejado, sin cadencia y algo estridente, atrajo la atención de algunos caminantes, amigos de la noche y la soledad, hacia la orilla del Padre Río. Cuál sería su asombro al descubrir que lo voz provenía de la silueta de un ser que estaba a medio cubrir por las aguas, a pocos metros de dicha orilla, oculto por el ramaje desnudo de los sauces….

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